La progresiva expansión del Colegio demostró la necesidad de erigir una nueva capilla que estuviera diferenciada del hábitat del colegio.
Para ello se planteaba aprovechar el espacio disponible que colindaba con la calle Silvestre Blanco. Se propusieron varios proyectos diferentes, varios modernos y onerosos, y otros sensiblemente más realizables.
El anteproyecto que se aprobó era ambicioso y tenía una propuesta modernista que hacía necesaria una obra previa para erigir la infraestructura que soportaría un templo con un aforo de más de cuatrocientas personas.
Se aprovecha esta estructura para construir un patio techado en el subsuelo del templo, permitiendo encarar deportes y recreos de juego aún en días lluviosos.
Pese al contexto nacional de recesión y estancamiento, la situación claretiana en Uruguay hacía propicio el encare de esta obra: Fátima, con apenas once años, contaba ya con una matrícula sólida y era la prioridad de la congregación.