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Durante la década de 1980 funcionó el sistema de líderes, mediante el cual estudiantes destacados en educación física de los niveles superiores de secundaria eran seleccionados para acompañar a los más pequeños en campamentos y otras instancias recreativas. Su rol consistía en ejercer un liderazgo cercano, centrado en la organización de juegos, dinámicas grupales y actividades deportivas.

Hacia finales de la década, esta experiencia comenzó a adquirir un carácter más estructurado, orientándose hacia la formación de animadores voluntarios en articulación con la coordinación de Educación Física. En 1991 se presenta el nuevo proyecto y se encara este nuevo formato, que buscaba no solo acompañar, sino también formar a los estudiantes en el rol de guía dentro de la vida recreativa del colegio.

La primera generación de animadores dio continuidad a esta iniciativa, consolidando con el tiempo un grupo que se transformó en un rasgo identitario de la institución. A lo largo de los años, estas experiencias de servicio voluntario han acompañado a generaciones de alumnos más jóvenes, al tiempo que han sido un espacio de descubrimiento vocacional para muchos, varios de los cuales orientaron posteriormente su camino hacia la educación.

Con el paso del tiempo, el espacio del campamento —y especialmente el del fogón— se convirtió en uno de los escenarios más significativos de esta experiencia. Allí, en un ámbito distinto al de la estructura escolar tradicional, se desdibujaban las jerarquías habituales y emergía una dinámica más horizontal, en la que los estudiantes asumían un rol activo y protagónico.

En ese contexto, quienes dentro del colegio ocupaban un lugar no central en la estructura formal encontraban, como animadores, un espacio de reconocimiento y liderazgo, convirtiéndose en interlocutores válidos y colaboradores cercanos de las autoridades. El cambio de espacio implicaba también un cambio en las relaciones: el colegio se resignificaba, y con él, los vínculos que lo sostenían.

Así, más que una propuesta recreativa, el sistema de animadores se consolidó como una experiencia formativa integral, capaz de transformar trayectorias personales y fortalecer el tejido comunitario. En torno al fuego compartido, entre juegos, cantos y relatos, se forjó una tradición que trascendió generaciones y que, aún hoy, permanece como uno de los rasgos más vivos de la identidad del colegio.