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En 1971 se produce un hito significativo en la historia del colegio: se habilita el ingreso de niñas a la matrícula, dando paso a la conformación de generaciones mixtas. Este cambio implicó una ampliación de la propuesta educativa y una transformación en la vida cotidiana de la institución, tanto en las dinámicas de aula como en los vínculos entre estudiantes.

La incorporación de la coeducación se inscribe en un proceso más amplio de cambios sociales y educativos que comenzaban a consolidarse en el país y en la región, donde la integración de varones y mujeres en los mismos espacios formativos se volvía cada vez más frecuente. Para el colegio, este paso supuso nuevos desafíos pedagógicos y organizativos, al tiempo que reafirmó una orientación hacia una educación integral e inclusiva.

Este movimiento también dialoga con las transformaciones que atravesaba la Iglesia en esos años. A la luz del Concilio Vaticano II (1962–1965) y de las orientaciones pastorales que luego marcarían el rumbo en América Latina, fue tomando forma una concepción más abierta y participativa de la educación. En ese contexto, la decisión de avanzar hacia la coeducación expresó una voluntad de sintonía con ese proceso de renovación, centrado en la dignidad de la persona y en la construcción de la vida comunitaria.

Ese mismo año, la institución alcanza otro hito relevante en su crecimiento: supera por primera vez la barrera de los 500 estudiantes, llegando a un total de 571 alumnos. Este aumento sostenido de la matrícula refleja la confianza de las familias en la propuesta educativa y la consolidación del colegio como referente en su entorno.