El proceso de edificación de Fátima no fue lineal, sino que respondió a una lógica de expansión acelerada propia de los años fundacionales. El edificio inicial —que comprendía tres niveles (actual subsuelo, planta baja y primer piso)— quedó culminado hacia 1955, pero lejos de cerrar una etapa, funcionó como punto de partida para nuevas proyecciones.
Ya en 1956 se iniciaron campañas de recaudación con el objetivo de completar el proyecto original, que contemplaba la ampliación del edificio en dos pisos adicionales. La rapidez con la que se retomaron las obras da cuenta de un momento institucional marcado por la confianza, la disponibilidad de recursos y una clara voluntad de crecimiento. En registros fotográficos de la época puede observarse el carácter transitorio de esta etapa: el actual segundo piso aparece aún inconcluso, mientras que el tercero se encontraba en plena construcción.
La decisión de avanzar sin demoras respondió también a razones materiales, como la necesidad de sustituir la planchada provisoria del techo, pero se inscribe en un contexto más amplio de expansión de la obra claretiana, favorecido por condiciones económicas que permitían afrontar proyectos de envergadura. Así, se proyectó un edificio de cinco plantas, reservándose el último nivel para las habitaciones de los sacerdotes, consolidando una estructura pensada tanto para el crecimiento educativo como para la vida comunitaria de la congregación.