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La construcción de un templo acorde a la vida del colegio fue, durante años, uno de los anhelos más significativos de la comunidad claretiana. El espacio que hasta entonces cumplía esa función —actualmente conocido como el salón Fagúaga— resultaba insuficiente tanto en capacidad como en las condiciones necesarias para la celebración litúrgica, especialmente a medida que la matrícula crecía y la participación en las actividades pastorales se volvía cada vez más numerosa.

A lo largo del tiempo se elaboraron diversos anteproyectos, algunos más modestos y otros de mayor envergadura, que buscaban dar respuesta a esta necesidad. La discusión no fue únicamente arquitectónica, sino también simbólica: se trataba de construir un templo que no solo respondiera a criterios funcionales, sino que expresara la identidad espiritual del colegio y su proyección a futuro.

Finalmente, se optó por el proyecto de los arquitectos Trobo y Dieste, cuya propuesta se destacaba por el uso innovador de la cerámica armada, una técnica que en ese momento comenzaba a adquirir relevancia en la arquitectura uruguaya. La elección no fue casual: además de su valor estructural y estético, este sistema constructivo permitía generar espacios amplios, luminosos y de gran expresividad, acordes al sentido comunitario de la celebración religiosa.

La concreción del templo significó un paso importante en la consolidación institucional del colegio, no solo como espacio físico para la vida litúrgica, sino también como punto de encuentro para toda la comunidad educativa, reforzando el lugar central de la dimensión espiritual dentro del proyecto formativo.