Orígenes del terreno: El padrón correspondiente a la franja que colinda con la calle Brito del Pino pertenecía a un terreno en herencia de parte de la familia Antía Errandonea. Los claretianos llegan al conocimiento de esta situación gracias al arzobispo mons. Antonio Barbieri, quien indica que esta familia, de herencia católica, estaba transitando una sucesión entre diez hermanos. La negociación fue llevada a cabo por el P. Andrés Pascual, quien logró recibir como donación las porciones de ocho de los diez herederos, restando la compra de solamente las dos parcelas restantes.
La última franja de tierra, correspondiente a la de Guaná, fue adquirida luego de un duro proceso de negociación debido a que el propietario era un fuerte opositor a la institución eclesiástica. Luego de varias sesiones, el propietario dio un plazo de 48hs para realizar la seña de la compra, el cual era un tiempo realmente insuficiente si se esperaba la aprobación del superior provincial. En una maniobra de urgencia, se recolectó el dinero de la caja chica de San Pancracio, y se solicitó un préstamo personal de parte de una devota de la virgen para abonar el resto.
Donación: Una de las ventajas de la ubicación del proyecto de Fátima fue el acceso a un sector social antes ajeno a las obras claretianas. Las clases más acomodadas que se alojaban en las inmediaciones podían colocar parte de su capital en la nueva obra consagrada a la Virgen. Esta fue una de las estrategias encaradas por los padres claretianos, que apuntaron a que las donaciones fueran parte importante de la construcción de Fátima, tal así que se crearon distintas comisiones como la “Comisión Pro-Fátima” o “Comisión Pro-Templo”, que buscaban obtener donaciones para financiar distintos proyectos.